Vida Cristiana

Testimonio: Entrenando a nuestros hijos con las Escrituras

Aún recuerdo el día en que mi esposo y yo íbamos de regreso a casa con nuestro hijo mayor recién nacido. Es común escuchar a los padres hablar sobre lo difícil que es criar hijos. Más de una vez escuché una broma referente a que no vienen con instrucciones, así que en mi mente amenazaba la idea inquietante de que nada volvería a ser igual. Ahora éramos responsables de esa pequeña personita y el sentimiento era aterrador.

En cuanto nuestros hijos empezaron a demostrar su naturaleza pecaminosa, confirmamos nuestra incapacidad para educarlos. La realidad es que nadie está completamente preparado para ser padre o madre, así que nos toca aprender en el camino. Pero doy gracias a Dios que en Su gracia interminable, nos dejó Su Palabra para recordarnos que Él se fortalece en nuestra debilidad.

Si bien yo no tenía todas las herramientas ni la sabiduría necesarias para corregir e instruir a mis hijos, Dios sí. Así que junto a mi esposo aprendimos que lo mejor que podíamos hacer por nuestros hijos era intentar mostrarles, centrados en la Palabra, una vida enfocada en Cristo y llevarlos al evangelio.

Somos llamados a entrenar

Mis hijos han jugado fútbol por años y como atletas han dedicado mucho tiempo y esfuerzo para ejercitar las destrezas físicas requeridas del juego. Entre más entrenan, más aptos son para usar esas destrezas. Ese es el principio que se aplica en el proverbio: «Instruye al niño en el camino que debe andar, / Y aun cuando sea viejo no se apartará de él» (Pr 22:6). La palabra hebrea traducida como «instruye» significa «dedicar» o «entrenar».
Cuando entrenamos a nuestros hijos en el camino que deben andar, les debería ser fácil mantenerse en ese camino. La pregunta es: ¿Qué usamos para «entrenarlos» o instruirlos? Quiero proponerte que usemos las Escrituras que revelan el evangelio.

He aprendido que cada etapa de la vida de nuestros hijos tiene retos específicos; retos que deben enfrentarse conforme a las peculiaridades de la edad. Sin embargo, cuando la instrucción bíblica ocurre desde una edad temprana, esta se puede grabar en sus corazones, convirtiéndose en una herramienta de vida que los encamine hasta su vejez.

No siempre lo he hecho bien

Ahora, saber y hacer son cosas diferentes. Saber desde muy temprano que lo mejor que podía hacer en mi rol de madre era guiar a mis hijos a Jesús por medio de Su Palabra, no significa que mi forma de instruirlos, animarlos, aconsejarlos o incluso orar por ellos apuntara siempre hacia ese objetivo.

A pesar de todas mis fallas, puedo decir con seguridad que enseñé la verdad a mis hijos, pues los expuse a la Palabra de Dios
 
Confieso que mi naturaleza pecaminosa se interpuso, y se sigue interponiendo, entre lo que sé que debo hacer y lo que hago. Lamento profundamente haber expresado mi frustración y enojo con gritos y actitudes que, lejos de lograr el objetivo de instruir a mis hijos, crearon ambientes donde Cristo no fue reflejado.

Podría ser fácil justificar esas prácticas en nuestra cultura, pero eso no las hace menos deplorables. Sin embargo, quizá lo que más me pesa es haber comparado a mis hijos con los de otras amigas. No obstante, por la gracia de Dios, mis errores no han tenido la última palabra.

La Palabra es suficiente

El apóstol Pablo fue claro cuando le escribió a Timoteo: «Desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden dar la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús» (2 Ti 3:15).

Estas palabras me recuerdan que la verdad del evangelio se encuentra única y exclusivamente en las Sagradas Escrituras. Por lo tanto, a pesar de todas mis deficiencias, fallas e imperfecciones, puedo decir con seguridad que enseñé la verdad a mis hijos, pues los expuse a la Palabra de Dios, convencida de que esta les podía dar la sabiduría que los llevaría a la salvación.

No te preocupes tanto por el futuro de tus hijos: ocúpate de su presente, de que conozcan la obra de Cristo
 
Mi esposo y yo teníamos claro que la responsabilidad de enseñar la Biblia a nuestros hijos residía en nosotros. Así que constantemente e intencionalmente buscamos espacios para meditar en las Escrituras, hablar de ellas, orar sus palabras y modelarlas. Sé que he cometido una infinidad de equivocaciones como madre, pero agradezco al Señor Jesús por

Su misericordia y por las oportunidades que me da para rectificar mis errores y pedirle perdón a mis hijos cuando es necesario.
Su gracia me sorprendió
Como siempre, y como una muestra más de Su gracia infinita, Dios me dio una lección de Su poder a pesar de mi debilidad. Él llamó a mis dos hijos al ministerio y ambos están respondiendo.

Cuando la gente me dice: «¡Qué bendición, eso debe ser una oración contestada!», les confieso que no me lo esperaba. Y de verdad que no. Mi esposo es pastor y quizás anhelaba ver a sus hijos en el ministerio, pero esa no era necesariamente mi oración.

Por años mi oración por mis hijos incluía que tomaran decisiones sabias, que Dios les abriera puertas y sobre todo que los guardara del mal. Si bien esa oración no es mala, tampoco prioriza lo primordial de su vida espiritual. Fue después de escuchar una de las prédicas del teólogo R. C. Sproul, que entendí que había una mejor manera de orar por ellos.

Desde entonces ruego que tengan una fe genuina, que crezcan y maduren en su entendimiento de quién es Cristo y Su obra redentora en la cruz.

Ocupémonos de su presente

Querida hermana o hermano en la fe, no sé en qué etapa de la vida de tus hijos te encuentres. Lo que sí sé es que la gracia de Dios es abundante y oro que este testimonio que te comparto te aliente a confiar en Él. Nunca es tarde para empezar a poner el evangelio en el centro de nuestra corrección, instrucción, consejo y oración por nuestros hijos. Incluso si ellos son indiferentes al evangelio y viven extraviados.

Si me permites, quisiera darte un consejo: no te preocupes tanto por el futuro de tus hijos, ocúpate de su presente, de que conozcan la obra redentora de Jesucristo. Llévalos a Su Palabra. Dios se encargará de lo demás.
Por mi parte, no me cansaré de agradecer a Dios por Su fidelidad. Sé que Su gracia nos ha sostenido y que lo seguirá haciendo hasta el día de Su venida.

Magdalena Silva tiene una licenciatura en educación cristiana de Moody Bible Institute y una maestría en consejería escolar de Lamar University. La educación cristiana ha sido parte primordial de su vida en la fe, sirve como consultora de educación y ha dirigido ministerios infantiles, así como colaborado como líder y maestra en ministerios para mujeres. Su esposo es pastor del ministerio de español de CrossRidge Church, con quien tiene dos hijos varones.

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