Vida Cristiana

¿Es el “tratamiento del silencio” un enfoque piadoso ante los conflictos?

El récord del silencio incómodo más largo posiblemente lo ostenten Otou y Yumi Katayama. Al parecer, Otou vivía en la misma casa de Japón con sus tres hijos y su esposa, pero nunca hablaba con ella. Mientras Yumi seguía hablando con su esposo, durante más de veinte años él se limitaba a asentir o gruñir en respuesta. Otou explicó más tarde que había estado dando a su esposa el tratamiento del silencio por celos de la atención y el cuidado que ella daba a los niños.

«Yumi hasta ahora has soportado muchas dificultades. Quiero que sepas que te estoy agradecido por todo», dijo Otou antes de añadir: «Supongo que ya no hay vuelta atrás».

El extraño y triste caso de Otou y Yumi es un ejemplo extremo de comportamiento abusivo. Sin embargo, pone de manifiesto que hay dos formas básicas de que la comunicación conyugal vaya mal: a gritos y en silencio.

Aunque la mayoría de las personas reconocen el daño causado por los gritos y las palabras ásperas, son menos las que se dan cuenta de los efectos igualmente destructivos del «tratamiento del silencio» (es decir, el acto de ignorar deliberadamente o negarse a hablar con alguien como forma de castigo o como medio de expresar desagrado o enfado). Algunos cristianos creen incluso que, ante un desacuerdo, su deber es simplemente evitar un comportamiento demasiado agresivo. Como no han gritado ni recurrido a la violencia, suponen que han respondido de manera apropiada, quizá incluso piadosa.

Aunque pueda parecer un mal menor, este enfoque no se ajusta a los requisitos bíblicos para resolver conflictos y cultivar un matrimonio saludable. Un cónyuge que da el tratamiento silencioso es probable que también se involucre en un grupo más amplio de comportamientos pecaminosos similares, un patrón de comportamientos nombrado por primera vez durante la Segunda Guerra Mundial.

Castigo a través de la pasividad

En la década de 1940, el ejército estadounidense se enfrentó a un problema con los soldados que mostraban un tipo de comportamiento difícil de clasificar. Estos soldados no eran abiertamente desafiantes, sino que expresaban su agresividad o resistencia indirectamente a través de acciones como la dilación, la mala disposición, la terquedad y la ineficacia deliberada. Este comportamiento se consideraba una forma «pasiva» de expresar hostilidad o agresividad, a diferencia de las formas más abiertas o «activas» de desafío.

En 1945, William Menninger, coronel, psiquiatra y director del Cuerpo Médico de las Fuerzas Armadas, utilizó el término «pasivo-agresivo» en un boletín técnico para describir este comportamiento. El término se utilizaba como un tipo de personalidad para describir a los soldados que no eran abiertamente insubordinados, pero mostraban una «resistencia pasiva» a seguir órdenes o completar tareas.

Después de la guerra, el término «pasivo-agresivo» empezó a ser utilizado más ampliamente por los profesionales de la salud mental para describir a las personas que expresan sentimientos negativos de forma indirecta. En 1952 se incluyó en el primer Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-I) como trastorno de la personalidad.

Con el tiempo, el término se ha extendido al lenguaje cotidiano para describir comportamientos que expresan resistencia u hostilidad de forma indirecta y sutil. Aunque ya no se considera un diagnóstico psiquiátrico distinto, «pasivo-agresivo» sigue siendo un término popular para describir este tipo de comportamiento en diversos contextos interpersonales, incluidas las relaciones, el lugar de trabajo y otras situaciones sociales.

Aunque el término se ha usado en exceso, todavía puede ayudar a describir una amplia gama de comportamientos pecaminosos —incluyendo el tratamiento silencioso—, que se encuentran con frecuencia en las relaciones matrimoniales. El comportamiento pasivo-agresivo es una forma de expresar sentimientos negativos indirectamente, a menudo a través de retraerse, ser gruñón o terco. Es una forma de castigar a una persona para conseguir lo que queremos. Aunque es perjudicial en cualquier relación, lo es especialmente para los esposos, ya que subvierte la naturaleza y el propósito del matrimonio.

Cómo afrontar los conflictos

El matrimonio es un símbolo del pacto matrimonial de Cristo con Su Esposa, la iglesia (Ef 5:31-32). Cuando la gente ve tu matrimonio, les señala algo más grande y permanente. El matrimonio terrenal es una ilustración viva de este matrimonio celestial. Estamos representando una obra de teatro para que el mundo la vea, y lo hacemos asumiendo los papeles que nos han sido asignados. Dios asigna esos papeles diciendo: «Esposo, tú vas a representar a Jesús en esta obra, y esposa, tú vas a representar a la iglesia» (Ef 5:23).

La pregunta que deberíamos hacernos es si sería apropiado que la iglesia actuara de forma pasivo-agresiva hacia Cristo o que Jesús actuara de forma pasivo-agresiva hacia Su Esposa, la iglesia. Si no es así, ¿por qué pensamos que es apropiado que las parejas casadas actúen de esa manera?

En lugar de confiar en un comportamiento pasivo-agresivo para salirnos con la nuestra, deberíamos seguir los claros principios de las Escrituras para resolver los conflictos matrimoniales. En Efesios 4:15, se nos llama a decir la verdad en amor. La respuesta cristiana adecuada al conflicto matrimonial no es el silencio, sino el diálogo abierto, honesto y calmado. Santiago 1:19 aconseja al cristiano ser «pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira». Por lo tanto, debemos esforzarnos por comprender la perspectiva de nuestro cónyuge antes de responder. Ambos cónyuges deben tener la oportunidad de expresar sus puntos de vista sin interrupciones ni actitudes defensivas.

Colosenses 3:13 nos instruye a perdonar como el Señor nos perdonó, dejando de lado los agravios y extendiendo gracia. Debemos estar dispuestos a reconocer nuestras faltas, pedir perdón cuando sea necesario y perdonar siempre. Por último, 1 Corintios 13:4-5 nos recuerda que el amor es paciente y bondadoso, no irritable ni resentido. Cuando las emociones están a flor de piel, puede ser necesario hacer una pausa y retomar la discusión más tarde, pero esto debe comunicarse claramente y no utilizarse como excusa para retirarse. Si los conflictos persisten o se intensifican, podría ser una señal de que la pareja necesita buscar el consejo sabio de un pastor, un consejero bíblico, o un matrimonio maduro y piadoso.

Como todo comportamiento pasivo-agresivo, el tratamiento del silencio viola estos principios bíblicos de varias maneras. Primero, evita decir la verdad directa y amorosamente. En lugar de expresar abiertamente sus pensamientos y sentimientos, el cónyuge se involucra en una forma indirecta de hostilidad. En segundo lugar, el tratamiento silencioso refleja la ira y la falta de voluntad para escuchar y comprender el punto de vista de la otra persona. En tercer lugar, niega el perdón y prolonga el conflicto al cerrar la comunicación. En cuarto lugar, no es ni paciente, ni amable, ni amoroso, sino que más bien muestra una forma de castigo y represalia emocional.

Recuerda lo que estás ilustrando

Aunque el tratamiento del silencio puede parecer una forma menos destructiva de manejar los desacuerdos matrimoniales, está muy lejos del estándar de Dios para la comunicación y la resolución de conflictos. En casos extremos, puede incluso convertirse en una forma de opresión o abuso emocional. En todas las situaciones, debe evitarse.

Las tácticas pasivo-agresivas son impías porque promueven la división en lugar de la unidad, reflejan ira en lugar de comprensión, y retienen el perdón y el amor en un esfuerzo por obtener el control. Como matrimonios cristianos, estamos llamados a rechazar tales comportamientos y, en su lugar, comunicarnos abiertamente, escuchar con humildad, perdonar fácilmente y buscar ayuda cuando sea necesario.

Al hacerlo, podemos construir relaciones más fuertes y más centradas en Cristo que honren a Dios, bendigan a nuestros cónyuges y presenten una parábola viviente que señale a las personas la relación entre Jesús y Su iglesia.


Publicado originalmente en The Gospel CoalitionTraducido por Eduardo Fergusson.

​Joe Carter es editor para The Gospel Coalition y el coautor de How to Argue Like Jesus: Learning Persuasion from History’s Greatest Communicator (Cómo discutir como Jesús: Aprendiendo persuasión del mejor comunicador de la historia).

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