Vida Cristiana

No, el sexo no es una construcción social.

Una refutación científica de un (mal) argumento científico

Por décadas, el mundo en el que vivimos nos ha metido en la cabeza que el «género» —entendido como los comportamientos y roles que esperamos que un hombre o mujer manifieste— es una construcción social. Esto no es del todo cierto. Como escribe la neurocientífica Debra Soh:

Estudios científicos han confirmado las diferencias entre los sexos en el cerebro que conducen a diferencias en nuestros intereses y comportamiento. Estas diferencias no se deben al entorno postnatal ni a los mensajes de la sociedad. El género es, en efecto, biológico y no se debe a la socialización (The End of Gender [El fin del género], p. 41).

Aunque existen prácticas masculinas o femeninas que varían según la época y región geográfica, el hecho de ser masculino o femenino no es una mera construcción social, sino que está profundamente influenciado por nuestra biología.

En todo caso, hasta hace muy poco tiempo el discurso de los proponentes de la ideología de género había sido algo como «aunque el sexo es una realidad biológica inmutable, el género es una construcción social». La idea era comunicar que, como todas las prácticas y normas sociales relacionadas al sexo eran un invento humano, podían (y debían) ser destruidas en nombre de la igualdad.

En nuestros días, eso ya no es suficiente.

Ahora ya no basta decir que el género es una construcción social, un invento humano que no tiene bases en la realidad objetiva (lo cual es en gran parte falso). Según los activistas de género, el sexo también es una construcción social (lo cual es totalmente falso).

El argumento

Un usuario de TikTok, que dice ser profesor de medicina especializado en biología molecular, expresó lo siguiente:

El sexo, en lo que respecta a los humanos, es una construcción. Es un conjunto de variables en un espectro con una distribución bimodal que delimitamos arbitrariamente en dos grandes categorías. Pero no son características inmutables; casi todas esas características pueden cambiarse mediante hormonas o cirugía.

Desafortunadamente este tipo de razonamiento no se limita al mundo de las redes sociales. Agustín Fuentes, antropólogo de la Universidad de Princeton, escribió un artículo de opinión titulado Esta es la razón por la que el sexo no es binario, en Scientific American (una de las revistas de ciencia más prominentes en el mundo). Fuentes dice que «la producción de gametos [óvulos y espermatozoides] no describe suficientemente la biología del sexo en los animales, ni es la definición de mujer u hombre».

El sexo no es una construcción social. Es una realidad objetiva y binaria. No nos avergoncemos de permanecer firmes en esta verdad.

Si todo esto te parece una ensalada de palabras sin sentido, no te culpo. Lo es. Pero es una ensalada de palabras que se está utilizando cada vez más para intentar negar la realidad de que los seres humanos son hombres y mujeres por diseño, no por capricho (cp. Gn 1:27). Como cristianos es preciso estar capacitados para responder a estos argumentos que se visten de ciencia y compasión, pero que en realidad solo traen confusión y dolor, pues se levantan contra la verdad de Dios (cp. Ro 1:252 Co 10:5).

El argumento de que «el sexo es una construcción social, en lugar de una realidad objetiva» puede estructurarse en tres etapas, cada una con dos premisas y una conclusión. Estas tres etapas se construyen una sobre la otra, como un castillo de naipes.

Evaluemos de cerca cada uno de los niveles del castillo.

Parte uno: «El sexo es, en su mayoría, no binario; se presenta en un rango (o espectro) de valores».

Premisa 1: La producción binaria de gametos (óvulos o espermatozoides) es solo un tipo de característica sexual y no es suficiente para describir el sexo.

Premisa 2: La mayoría de las características sexuales no son binarias; se presentan en un rango (o espectro) de valores.

Conclusión 1: El sexo es, en su mayoría, no binario; se presentan en un rango (o espectro) de valores.

En la primera parte del argumento, se nos dice que el tipo de gameto producido por un organismo —ya sean óvulos o espermatozoides— está lejos de ser la única característica sexual de dicho organismo. Por ejemplo, las mujeres producen óvulos, sí, pero también se caracterizan por poseer altos niveles de estrógeno y bajos niveles de testosterona. Esto también es parte central de su sexualidad.

El argumento de que «el sexo es una construcción social, no una realidad objetiva» puede sonar convincente, pero se derrumba desde la primera premisa.

El asunto es que esos niveles hormonales, a diferencia de los gametos, no se manifiestan de forma binaria, sino que están en un espectro de distribución. Hay mujeres que tienen niveles más elevados de estrógeno que otras, así como varones con bajos niveles de testosterona.

De la misma manera, las características sexuales secundarias de los hombres y las mujeres —tamaño de los pechos, ancho de las caderas, altura, porcentaje de grasa corporal, masa muscular, cantidad de vello facial y corporal, tono de voz, capacidad pulmonar, tamaño del corazón— se presentan en una distribución de valores variados; no son binarias. El corazón humano, por ejemplo, puede desarrollarse dentro de todo un rango de tamaños, no solo dos opciones.

Como muchas de estas características sexuales no son binarias (y además pueden modificarse a través de hormonas o cirugías para acercarse más a la media del sexo con el que te «identificas»), a algunos les parece razonable concluir que el sexo es mayoritariamente no binario. Sin embargo, como veremos en breve, esto no es en verdad razonable.

Parte dos: «Los límites de las categorías de sexo se seleccionan de manera arbitraria».

Premisa 3: El sexo es mayoritariamente no binario; se presentan en un rango (o espectro) de valores.

Premisa 4: La creación de categorías basadas en un rango (o espectro) de valores requiere una selección arbitraria de sus límites.

Conclusión 2: Los límites de las categorías de sexo se seleccionan de manera arbitraria.

Como puedes ver, la conclusión del primer nivel del castillo de naipes se utiliza como base para construir el siguiente nivel.

El argumento avanza para señalar que, como la mayoría de las características sexuales no son binarias, sino que se presentan en todo un rango de distintos valores, uno se ve obligado a poner límites arbitrarios para decir que, por ejemplo, el corazón de una mujer tiene una masa de entre 193 y 297 gramos. Seguramente encontraremos una mujer con un corazón de una masa de 190 o 300 gramos. Entonces, ¿quién dice que debemos establecer los límites de la masa del corazón humano de una mujer entre 193 y 297 gramos?

Lo mismo aplica para todo el resto de las características sexuales secundarias: ¿Quién puede decir con certeza cuál es el rango de valores para el tamaño de los pechos, ancho de las caderas, altura, porcentaje de grasa corporal, masa muscular, cantidad de vello facial y corporal, tono de voz o la capacidad pulmonar de un hombre o una mujer? Seguramente encontraremos un hombre o una mujer que salga del rango, en alguna (o muchas) de estas características sexuales. Establecer este tipo de rangos de manera arbitraria, se dice, es limitar artificialmente el concepto de hombre y mujer.

Parte tres: «Las categorías sexuales (hombre y mujer) son construcciones sociales».

Premisa 5: Los límites de las categorías de sexo se seleccionan de manera arbitraria.

Premisa 6: Las categorías con límites seleccionados arbitrariamente son construcciones sociales.

Conclusión 3: Las categorías sexuales (hombre y mujer) son construcciones sociales.

La última parte del argumento es más simple: como los límites de las características sexuales se seleccionan de manera arbitraria (determinando un rango «artificial» para los niveles hormonales, cantidad de vello, tono de voz, etc. de los hombres y las mujeres), las categorías que tenemos para el sexo (hombre y mujer) son algo que hemos fabricado y no una realidad objetiva.

Quizá alguna vez has visto una imagen en la que un hombre y una mujer miran un montón de círculos de colores. La señorita tiene un nombre para cada uno de los círculos mientras que el varón los agrupa en categorías más amplias. ¿Quién tiene la razón? Bueno, los dos (o ninguno), porque los colores son una especie de construcción humana. Percibimos la luz en sus distintas longitudes de ondas y creamos categorías (colores) para organizarlas.

Los activistas de género pretenden hacer algo como eso: observan las características sexuales primarias y secundarias (gametos, cromosomas, niveles hormonales, anatomía) y crean una variedad de categorías para identificar a los individuos. Mientras tanto, el resto del mundo (los «retrógradas transfóbicos» según estos activistas) sigue utilizando las dos categorías de siempre: hombre y mujer.

Pero la percepción de color es mucho más compleja de lo que parece. Como me dijo el científico cognitivo Justin L. Barrett:

Los seres humanos alrededor de todo el mundo ven, en las mismas bandas/categorías de colores, muchas menos de las que realmente hay. Lo que varía es el hecho de si tenemos o no palabras especiales para esas categorías y si consideramos subcategorías para cada banda de color. Esto último es lo que está condicionado social o culturalmente, pero se construye sobre la percepción humana natural.

Lo mismo puede decirse acerca de nuestra capacidad de distinguir entre hombres y mujeres. Esta habilidad es vital para la reproducción humana y, por lo general, todos podemos discernir el sexo de los humanos maduros que nos rodean con bastante facilidad desde muy temprana edad. Incluso con toda la diversidad de características sexuales en los hombres o las mujeres, suele ser fácil identificar a un individuo como miembro de un sexo u otro.

Derribando el argumento

El argumento de que «el sexo es una construcción social, no una realidad objetiva» puede sonar convincente, especialmente cuando sale de la boca de aquellos que ondean sus múltiples títulos universitarios como banderas que conceden autoridad infalible. Pero, si no permitimos que las palabras rebuscadas nos intimiden, nos daremos cuenta de que el castillo de naipes se derrumba desde la primera premisa.

Para abrazar como cierto que «la producción binaria de gametos (óvulos o espermatozoides) es solo un tipo de característica sexual y no es suficiente para describir el sexo», necesitas ir a todas las enciclopedias de biología del mundo y cambiar la definición de sexo.

En Cristo somos libres para abrazar la verdad de Dios por medio de Su obra redentora y capacitados para evaluar todas las cosas

En biología, sexo se define como «el rasgo que determina si un organismo que se reproduce sexualmente produce gametos masculinos o femeninos». El concepto de sexo es para indicar si un individuo (sano y en su madurez) producirá óvulos o espermatozoides. Describe con base en los gametos, y nada más.

Por supuesto, el hecho de que un organismo esté biológicamente capacitado para producir cierto tipo de gameto resultará en una multitud de características psicológicas y anatómicas que, en gran parte, se manifestarán en un rango de valores. Pero eso no niega la binariedad del sexo, simplemente muestra que dicha binariedad puede manifestarse en una maravillosa diversidad de formas (formas que no deben salir del diseño de Dios y del llamado a la santidad para la sexualidad humana y que, por lo general, serán fáciles de discernir como masculinas y femeninas).

¡No sorprende que Dios haya descrito Su creación como buena en gran manera (Gn 1:31)! En Cristo no solo somos libres para abrazar la verdad de Dios por medio de Su obra redentora (cp. Ro 8:5-11), sino que también nos capacita con Su Espíritu para que evaluemos todas las cosas (1 Co 2:14-16).

Así que no, el sexo, a diferencia de los títulos universitarios, no es una construcción social. Es una realidad objetiva y binaria. No nos avergoncemos de permanecer firmes en esta verdad.

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